La Puerta Espiritual

Nuestros amigos

 

Pequeño Pueblo
Eduardo Poliche©

 

El cuerpo yacía inerte sobre las rocas, custodiado por las enormes paredes del acantilado.
Las gaviotas, bulliciosos testigos, conformaban una triste melodía de trinares acompañando
el suave ritmo del mar cuando rompe en la orilla. Hacía frío.
La lluvia incesante cubría con un manto gris el horizonte.
Aquella bella, pálida mujer, había terminado con su vida esa tarde. Hacía frío,
y ella se había arrojado desnuda. ¿El motivo? Ya no importa el motivo. Está muerta.

Las comadres del pueblo, pequeño pueblo, todavía comentan el día en que
Romina llegó desde un lugar desconocido. ¿Quién es esa niña, no tan niña,
que con su rubia y radiante cabellera corre por la calle principal?
¿De dónde vino? Indecente. ¿Cómo osa correr así, cubierta sólo de esa túnica que,
transparente, deja entrever esos esbeltos y muy bien formados pechos,
moviéndose armónicamente al compás de todo el cuerpo?
Miren a los hombres, si parecen hipnotizados. Abandonan todo
lo que están haciendo, y hasta ignoran a sus mujeres, sólo para verla pasar.
Como si fuera perfecta. Es perfecta.

El Tribunal está conformado y espera en silencio. Sobre el estrado,
los siete Arcángeles, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, observan al joven Angel
que ha regresado de su primera misión. En el centro, el Trono aguarda al Supremo.
Se abre una puerta y todos se ponen de pie. Con un paso presuroso entra un Ser blanco,
puro, casi transparente. Es fornido y va custodiado por dos Angeles que lo siguen casi al trote.
Se ubica en el trono y dirigiéndose al joven ángel, le dice:
"A ver Romuel, coméntame un poco cuál era tu caso."
- "Señor, en esta mi primera misión, fui enviado a un pequeño pueblo, que moría en su rutina,
para contagiarles la alegría y enseñarles a ¨vivir¨".
- "¿Y cual fue el resultado de la misión?"
- "Por mi condición de mujer, fui condenado por las mujeres del pueblo y furtivamente
arrojado al acantilado. No pude completar mi misión."
- "Y entonces, ¿qué harás ahora?"

La tarde estaba tranquila. Las gaviotas revoloteaban sobre el mar, esperando
la oportunidad de que algún pez se asomase en la superficie.
Fue esa horda de hombres ofuscados la que rompió el equilibrio que producía
el sonido de las olas sobre el profundo silencio. ¿Qué pasó? ¿Qué hacen?
Van al acantilado a arrojar a aquel apuesto joven que con su canto y alegría
ha osado alterar la "tranquilidad" y alborotar a las mujeres de este pueblo... pequeño pueblo.

FIN

 

 

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